Año tras año, este rito sencillo y profundo vuelve a latir en Las Hurdes. Llega la hora de sembrar, aprovechando las vegas fértiles y el agua constante que baja por los caños, alimentados por los ríos de nuestra comarca: Los Ángeles, El Esperabán, El Hurdano, el rio Malvellido, Ladrillar o Batuecas.

Es el tiempo en que la tierra se ordena con sabiduría antigua. Cuadrículas perfectamente trazadas dibujan un mosaico vivo donde cada planta encuentra su lugar: tomates, lechugas, cebollas, pimientos, puerros, habichuelos, patatas, calabacines, calabazas o ajos. Todo dispuesto con una precisión que no responde al azar, sino al conocimiento heredado de generación en generación.

Estas huertas no son sólo cultivo: son memoria, esfuerzo y previsión. En ellas se refleja el buen hacer de los hurdanos, su respeto por la tierra y su capacidad para sacar de ella el sustento de todo un año. Cada surco guarda historias, cada cosecha es fruto de manos que saben esperar.

Hoy, cuando el calendario vuelve a marcar el inicio de este ciclo, es también momento de recordar. De escuchar las voces que vivieron, trabajaron y aprendieron entre estos huertos, donde cada estación tenía su tarea y cada fruto su significado.

Paseando por la orilla del Esperaban, camino de La Muela, se pueden escuchar relatos como estos que nos cuenta una mujer que ya ha empezado con la faena:

— Vamos a sembrar las patatas de riego. Las de secano ya las hemos sembramos antes, porque… ¡esas no se pueden regar…! También voy a poner unos repollos y unas berzacas. Pa aquí que se llaman así y se utilizan más para el ganado, para las gallinas, para las cabras, para los cerdos.

— ¿Tú, cuando eras chiquinina, ibas al huerto?, le pregunto yo a la mujer, que, aunque habla conmigo, no descansa en su tarea.

— ¡Hombre! Yo iba al huerto porque mi madre tenía mucho que hacer… Como teníamos fonda, a ella no le vagaba. Yo iba con las jornaleras. Mi madre me decía: Tú vas cavando, vas cavando y siempre como un poquino más adelante que ellas, para que las jornaleras se animen y vayan cavando a la vez tuya, porque, si no, ..se embaen.

—Pues yo acababa el surco y las jornaleras se ponían así…, sostribah sobre el zacho, y no adelantaban. Las jornaleras estaban todo el día en el huerto y había que darles a las 5 la merienda y, por la mañana, el almuerzo. Como a las 11 o así se les llevaba un bocadillino.

— ¿Y qué sembrabais en aquella época?

– Bueno, pues un poco de todo…Los pipos portugueses, que era lo que se comía normalmente con la berza, para hacer ”pipos con berzas”. De eso se sembraba mucho, porque tenía que durar para todo el año. En casa de mi padre se cogían sacos enteros. Luego, por las noches se desgranaba al serano; se juntaban los vecinos y un día para casa de uno, otro día para casa de otro. Y así se desgranaba todo.

—¿Teníais patatas todo el año?

—¡Madre mía! Teníamos banastas enteras de patatas para sembrar. Mi madre las llevaba cargadas en el mulo.

– En otro huerto más arriba, me cuenta Làzaro, ya le está quitando la hierba a las pimenteras. Él trabajó mucho en los huertos de niño porque su padre se casó dos veces y tenían muchos huertos: en Horcajo, Castillo, y Avellanar.

Dice Lázaro: — ¡En el Moral de Horcajo, pegando pa la parte de Aldehuela, allí teníamos un huerto.

—Veníamos cargados con los cubos de tomates desde el Moral, por la Gailla, hasta l’Avellanar.

—Entonces trabajábamos mucho, mucho. Por las mañanas, antes de desayunar había que ir a trabajar un rato al huerto y después se desayunaba unas castañas cocías con una tajá de tocino.

Nos sigue contando Lázaro: 

– A las cabras las llevaban desde l’Avellanar, “qué estará casi a 7 o 8 kilómetros hasta Horcajo, por 15 o 10 días, para aprovechar lo que comían allí, en los pastos donde tenían los huertos. Mi padre tenía un corral en el Moral y allí las metíamos. Después, al anochecer, nos tocaba ir andando hasta l’Avellanar, y por la mañana otra vez p’allá, casi de noche, a ordeñarlas y sacarlas otra vez .

Recuerda: “Entonces se trabajaba mucho… La vida no era fácil!”.