Sus padres nacieron en Robledo y, aunque el trabajo les obligó a trasladarse a otras regiones, siempre guardaron en la memoria sus orígenes, avivados por las estancias veraniegas en territorio hurdano. Hasta que regresaron definitivamente a Pinofranqueado.
De aquellos tiempos Fernando Vázquez recuerda las historias que le contaban sus abuelos y sus primeras lecturas; al principio, no siempre las entendía; luego, ya más mayor, le despertaron las ganas de buscar y de saber.
Con esa actitud estudió Medicina y ejerció su profesión –ahora en Burgos–, siempre atento a lo que le sugerían unos orígenes que le animaban a la búsqueda de nuevos conocimientos. Y con esa actitud, hace ya más de cuatro años, Fernando encontró algunos libros que hablaban de la llegada de Gregorio Marañón a Las Hurdes y descubrió que en la memoria de la comarca no se reconocía el trabajo de los médicos que la habían visitado y recorrido: no existía documentación sobre ellos.
– Me puse a buscar. Y así encontré algunas referencias del doctor Eduardo Olivera y, más tarde, conseguí por casualidad los nombres y apellidos de los tres médicos que coincidieron en aquellos años en la comarca con la puesta en funcionamiento de las Factorías. A partir de ahí empecé a documentarme.
– No fue fácil. La documentación resultaba muy escasa. Pero otra vez la casualidad volvió a echarle una mano.
– José María Vázquez, el hijo de Alfonso, me dio el teléfono de una de las nietas de Eduardo Olivera. La hija menor del médico y una nieta de este pasaban muchos veranos en Caminomorisco en casa de Ascensión Vargas, la hija del practicante del doctor. Así comenzaron los contactos con la familia y, en especial, con María, una de las nietas, que me llamó para decirme que tenía mucha información y muchos documentos, que hasta entonces no habían interesado a nadie. A partir de ahí, Eduardo Olivera se convirtió en el centro principal de atención, porque sobre él había mucha información, mientras que de los otros o había poca o no era muy buena.
Los valores de un médico ejemplar
– ¿Qué habría que destacar, más allá de su cualificación profesional, del doctor Olivera?
– En primer lugar, el respeto con el que trataba a los hurdanos. Una actitud ajena a cualquier relación de poder, algo que sí se pudo dar en los otros médicos e incluso en el doctor Marañón, a juzgar por el contenido de alguna de sus cartas personales.
– ¿Además?
– Y en segundo lugar, el grado de implicación que mantuvo con toda la comarca. Era un médico muy completo, con conocimientos clínicos y quirúrgicos muy amplios, que siempre estaba dispuesto a aprender y a buscar respuestas a las dudas que le iban surgiendo. A todo lo que había aprendido en Madrid se añadió lo que siguió aprendiendo en Las Hurdes en beneficio de sus vecinos.
– Los otros dos médicos que coincidieron en aquellos años en Las Hurdes no tuvieron ese compromiso. Más bien, antepusieron sus propios intereses.
– Vidal estuvo casi cuatro años, pero su preocupación principal fue la de acumular méritos para ir a otro lugar más cómodo. Y en cuanto pudo se fue. Por su parte, Pizarro estuvo ejerciendo hasta que se hizo alcalde y se puede decir que no trataba bien a los hurdanos.
– A partir de estos conocimientos iniciales, la familia del doctor Eduardo Olivera se convierte en el referente fundamental, porque aporta información y documentación.
– Y no solo eso. Cuando fui a Pamplona, en febrero del 24, a buscar unos documentos que quería escanear, allí acudieron familiares que vivían en otros lugares del norte de España. Fue algo así como un reencuentro familiar. En algunos casos hacía 30 años que no se veían y a mi mujer y a mí nos atendieron de manera excepcional, nos invitaron a cenar e incluso promovieron una comida en el colegio de médicos de Pamplona. Allí estuvieron algunos bisnietos del doctor Olivera. Nos trataron de manera admirable e incluso nos decían que, gracias a lo que yo había documentado, ellos podían reconocer y destacar el mérito de su antecesor.
– El trabajo de documentación añadía un fuerte carácter emocional.
– Un bisnieto, por ejemplo, me preguntó por qué tenía yo tanto interés en su bisabuelo. Le dije lo tenía, sobre todo, porque, visto lo que ahora conocemos, si no hubiera sido por el doctor Olivera, por lo que él hizo en Las Hurdes, hoy no estaríamos vivos.
– Aparte de los conocimientos y de la actitud del doctor Olivera, el momento resultaba significativo. La reivindicación de la comarca hurdana, el viaje del rey…
– A principios del XX había mucho interés por Las Hurdes, pero, una vez puestos al mismo nivel del resto de España, al llegar los años 30 se perdió todo el interés. En ese contexto, el doctor Olivera igual hacía medicina como cirugía e incluso campañas de salud pública. Y dejó escritos artículos científicos sobre La Hurdes, a mi juicio, muy relevantes. Aún más, porque, aparte de la labor asistencial, desarrolló una importante labor científica.

Un aplauso de reconocimiento
– Más allá de los hurdanos, ¿la familia era consciente de los valores que el doctor Olivera todavía representa?
– No tenían una idea exacta, porque ellos se encontraban ante textos desorganizados y dispersos, pero a medida que fueron encontrando las conexiones, eso cambió.
– ¿Y la sociedad hurdana? ¿Le ha reconocido esa repercusión, incluso esa trascendencia?
– En Pinofranqueado existe una calle pequeñita que reconoce al doctor Olivera y en Nuñomoral hay otra dedicada a Pizarro.
– ¿Tendría sentido corregir a estas alturas ese error?
– Nunca es tarde. Pero yo creo que, si hacemos la presentación del libro y viene alguna de las nietas y el público les dedica un aplauso… estoy seguro de que lo aceptarían con emoción. Y yo me sentiría plenamente satisfecho.
– Con relación a la situación actual, ¿el doctor Olivera echaría algo de menos?
– Yo creo que le sorprendería la escasez de médicos en el mundo rural, que no haya mayor asistencia en los pueblos y que éstos reconozcan la trascendencia de un profesional con un nivel intelectual muy alto que desde Madrid decidió trabajar, primero, en un pueblo navarro y, a continuación, durante veinte años, en Las Hurdes.
La memoria del doctor Eduardo Olivera, a través de lo recopilado por Fernando Vázquez, puede animar esa reflexión.