Las Hurdes se sitúan al norte al norte de la provincia de Cáceres y ocupan poco más que 500 kilómetros cuadrados.

Las Hurdes son un territorio montañoso y quebrado, un macizo de pizarras con grandes pendientes; valles y ríos que provocan imponentes meandros, chorros y cascadas.

Su red fluvial transcurre por valles profundos y estrechos, con desniveles de hasta mil metros entre las cumbres y los cauces.

Así se organiza esta comarca: desde la profundidad de sus ríos –el Ladrillar, el Hurdano, el Esperabán, el Malvellido, el de Los Ángeles y el más pequeño Alavea- hasta la cima de sus montañas, con los 1.600 metros del pico del Mingorro como estandarte.

Un paisaje tradicional de matorrales, en el que predominan el brezo y la jara, pero también el arraclán y la achicoria, el hinojo, la manzanilla, el orégano, la mejorana, el tomillo y la lavanda, que aquí se llama cantueso. Es tierra, además, de encinas y madroños, de tejos y acebos.

Sobre estos montes sobrevuelan buitres y ruiseñores, águilas y oropéndolas. Por los parajes más protegidos se encuentran jabalíes, corzos, ciervos, y otras especies en peligro de extinción, como la nutria o la cigüeña negra.

Las Hurdes forman un lugar tan impresionante para observarlo como difícil de cultivarlo. Este es un territorio pedregoso y áspero.

La vida en la comarca ha estado condicionada por la escasez de tierra. Sus habitantes han combatido esa realidad con bancales y paredones con la que arrancan a la pendiente minúsculos espacios cultivables.

Los hurdanos hicieron habitable esta tierra indómita y escarpada, con valles y laderas de vértigo.

Miguel de Unamuno lo expresó así: «Si en todas partes los hombres son hijos de la tierra, en Las Hurdes la tierra es hija de los hombres». De ahí el apego de sus moradores a un espacio tan singular y emocionante.

Algunos datos fundamentales

En medio de los valles y el paisaje hurdano se reparten los seis municipios que integran la comarca. Caminomorisco, Casar de Palomero, Casares de Hurdes, Ladrillar, Nuñomoral, Pinofranqueado, más Azabal, reconocido como entidad menor. Esos municipios acogen 44 alquerías y varios despoblados.

En las Hurdes habitan apenas 6.000 personas, la mitad de las que lo hacían 50 años atrás. La densidad de población se sitúa por debajo de los 13 habitantes por kilómetro cuadrado, la mitad de la registrada en Extremadura.

Esta dispersión genera dificultades para las comunicaciones y los servicios.

La apicultura, el olivo y los cerezos absorben la actividad económica de la comarca. El resto de la actividad agrícola se reduce a los pequeños huertos familiares que aprovechan las riberas de los ríos o los espacios donde se pudo superponer sobre la piedra original la tierra traída de otros lugares en la cultivar productos de subsistencia.

Las fuertes pendientes han obligado a desarrollar el laboreo mediante bancales (pareones, en el lenguaje popular) y eso aboca a una escasa productividad. El monte, por el contrario, favorece la apicultura, arraigada en la comarca desde hace siglos y eje económico de Las Hurdes junto al olivar.

Historia

En Las Hurdes existen vestigios prehistóricos de la Edad del Bronce y de la Edad del Hierro. A sus primeros pobladores se los sitúa entre el 1.800 y el 1.500 antes de Cristo. Y hay constancia de que por ellas pasaron romanos, godos y árabes.

Desde la Edad Media hasta el siglo XIX las Hurdes estuvieron adscritas a las villas de Granadilla y La Alberca, bajo la dependencia de la Casa de Alba, que impuso a los hurdanos impuestos para roturar su propio suelo, así como la prohibición de la caza, la tala de árboles e incluso la apicultura, la pesca y la ganadería.

En el quicio entre los siglos XIX y XX el movimiento regeneracionista extremeño reclamó la atención de las instituciones hacia la comarca, frente a otras voces que propugnaban el traslado forzoso de sus habitantes como única manera de resolver la pobreza hurdana, que ellos consideraban congénita.

La resistencia de los hurdanos encontró el respaldo de algunos visitantes de prestigio, como Miguel de Unamuno, Gregorio Marañón o el hispanista Maurice Legendre.

En ese contexto el rey Alfonso XIII visitó Las Hurdes en 1922, con el propósito de distraer a la sociedad española del desastre de la guerra colonial en el norte de África.

Aquella visita se tradujo en diferentes iniciativas con escasos efectos perdurables, pero que contribuyeron a poner en evidencia la marginación secular de Las Hurdes.

El documental de Luis Buñuel Las Hurdes, Tierra sin Pan, fechado en 1933, puso a la comarca en el centro del debate nacional e internacional.

Tras la Guerra Cilvil los gobiernos de la Dictadura pusieron en marcha un plan de repoblación forestal con grandes masas de pinares. Los jornales contuvieron la emigración por unos años, pero, a cambio, los pinos acabaron con el pastoreo, la principal actividad de la comarca junto a la apicultura.

Las Hurdes se convirtieron en el símbolo de la España abandonada o de lo que muchos años después se ha denominado La España Vacía.

Sobre esa realidad se ha ido construyendo la imagen de Las Hurdes, aunque el factor fundamental a lo largo de los siglos no haya sido otro que el esfuerzo de sus habitantes y el reconocimiento de quienes las han visitado. Ellos convirtieron este lugar en un símbolo. Y su realidad en leyenda.